No me había dado cuenta de lo profunda que era mi dependencia de los libros de cocina hasta que me fijé en que mi ejemplar de Cocina provincia/francesa, de Elizabeth David, tenía marcas de uñas subrayando las recetas. Era una prueba palpable de mi falta de audacia, de la insistencia en aferrarme a un conjunto de instrucciones, como a un pasamanos en la oscuridad, cuando lo cierto era que, después de cocinar durante veinte años, tendría que estar lo bastante versada en los principios básicos como para dejarme llevar y confiar en mis instintos. ¿De verdad había aprendido a cocinar? ¿O solo era razonablemente adepta a seguir instrucciones? Mi madre, igual que su madre antes que ella, es una cocinera excelente, pero solo tiene dos libros de recetas y un álbum de recortes, y casi nunca los consulta. Empecé a sospechar que las docenas de libros que yo poseía eran a la vez síntoma y causa de mi falta de confianza en la cocina.